Una de mis grandes áreas de mejora, sin duda, es cultivar y entrenar lo que ahora me ha dado por llamar el arte de la paz, es decir, la paciencia. Y si voy un poquito más allá, os confieso que el hecho de haber saltado a la piscina del emprendimiento, también pone a prueba otra habilidad muy necesaria cuando trabajas por cuenta propia, y es la perseverancia.

Emprender es uno de los retos más apasionantes a los que me he enfrentado a lo largo de mi vida, porque más allá del objetivo, de mi propósito, de lo que me gustaría conseguir, me doy cuenta de lo mucho que estoy aprendiendo en el trayecto.

Intento compartir mis experiencias siempre desde la humildad y la mejor intención por si, a través de ellas, alguien puede sentirse inspirado y de eso va este cuento.

Supe de su existencia gracias a uno de los profesores que tuve en el Máster de coaching, inteligencia emocional y pnl que realicé durante mi proceso de reinvención profesional y personal.

Muchos son los estímulos que te pueden conducir hacia la reflexión y también hacia la transformación, y os aseguro que este sencillo relato fue capaz, con muy pocas palabras, de apretar algunas de mis bombillas interiores para que volviesen a dar luz.

Vamos allá. Espero que os guste:

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada, halagándola con el riesgo de echarla a perder, gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece, por favor!.

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. De hecho, no ocurre nada durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas, la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!

Y las preguntas surgen entonces: ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? ¿tardó siete años y seis semanas?

No, la verdad y lo más aproximado sería responder que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años

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